¿Quién es el corrector de estilo?

El corrector de estilo
El corrector de estilo

Eslabón clandestino en la cadena del libro. Firma invisible. E indeleble. Control freak que se esconde y ríe. El corrector de estilo, supremo perverso.

Primo malvado del traductor, él no traduce de una lengua a otra sino del idioma errático al idioma cierto. Su título lo indica: él es el arca de lo corrector. Y si la verdad es temible, lo corrector es siniestro.

Hay autores que no desean conocer a sus correctores, ¡los únicos que saben de sus deleznables defectos!

El corrector posee labor ingrata o, en el mejor de los casos, honor sin créditos.

Si cumple, nadie lo aplaudirá (el éxito será del autor) y si hay fallas, todas le serán achacadas.

Al estrenarse, el corrector está obsesionado con lo feo y sobrante, lapsus y gazapos, horrores ortográficos y alreveses sintácticos, repeticiones y libertinajes, barbarismos y falacias, neologismos sospechosos de no serlo y vocablos que no saben su sexo.

(Es la única persona en el mundo para quien la palabra anfibología es sumamente importante.)

Además de filósofo de lo ajeno, es un crítico literario severo. Pero al contrario del que apenas opina, ¡el corrector tiene poder sobre cada detalle del texto!

Detrás de muchos correctores hay un escritor ultraperfeccionista que ha renunciado a la autoría, oficio egocéntrico y falible en extremo.

Otros han enloquecido. Para ellos corregir significa rastrear ruidos. Dar con la cacofonía delatora o la rara rima; ratas verbales que de inmediato exterminan.

Según otros, corregir es cambiar una palabra por otra. (Alegan que hay palabras que, en realidad, no existen.) Y a la palabra que no es real (o está mal) la cambian por otra.

Está persuadido de que corregir es sinónimo de sinonimia.

(Si la expresión “sinónimo de sinonimia” te molesta eres parte de tal estirpe.)

El corrector puede trascender la labor de sucedáneo policía, no obstante, cuando después de lustros de corrección diaria se percata de que en verdad da lo mismo un orden verbal que otro.

Deja la superchería de Lo Exacto a los puritanos. Cada vez corrige menos.

¡Para sentirse vivo ya no necesita enderezar comas!

Si en su mocedad tachaba y enmendaba sin piedad, hoy ha abandonado toda beatería gramatical.

Para este momento se ha vuelto, como Lao Tse, un sagrado holgazán. Su aportación al mundo es la no-corrección.

¡Las manías ajenas ya no le molestan! Iluminado, se limita a pincelar unas pocas tildes faltantes.

Y aunque se le exija volver a su antigua vigilancia sobre el lenguaje, ahora él afirma que tal cual es, todo es perfecto. E intachable.

Incluso celebra los méritos de lo errático.

Es, entonces, que el corrector comprende que ningún estilo es superior y que todo texto podría ser infinitamente otro. O ser respetado como ya es. Y es que para esta etapa, el corrector de estilo se ha vuelto un sabio zen.

Heriberto Yépez

“Laberinto” de Milenio Diario

México, 14 de junio de 2008

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