Las hojas caídas de Louise Glück

Por Roberto Feregrino

A mi Rebeca

George Steiner, en Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento,  escribe que Einstein siempre sostuvo que no había tenido sino dos ideas en toda su vida; mientras Heidegger afirmaba que “todos los grandes pensadores sólo han tenido un pensamiento que exponen y reiteran en todas sus obras”, así es que estos dos o tres pensamientos estarán en una transformación constante; es decir, habrá ligeros cambios en la búsqueda, pero la idea primigenia estará inmutable.

Esto me remite a aquellos pensamientos que perpetró Juan García Ponce: la otredad y el recuerdo, que giraban en torno al erotismo, ese gran tema que fascinó al yucateco: lo mismo en ensayos —hablando de Robert Musil, Henry Miller o el Marqués de Sade— que en novelas o cuentos, donde aparecen gatos, gaviotas, fiestas de intelectuales o niñas que llegan a la ciudad para perder la mácula; todos ellos con un eje en común: circuir el erotismo. Otro ejemplo es Juan Rulfo, que escribió sobre la muerte (una y otra vez), la soledad (con ironía algunas veces y con desolación otras) y sus cuentos de El llano en llamas fueron sólo el ensayo de ese tema que persiguió con ahínco y que cristalizó en Pedro Páramo: los muertos contando una historia entre murmullos. Algo nos marca en un punto y nos obsesiona, por lo tanto, lo reflexionamos y observamos desde distintas perspectivas. Esto no es propio de la literatura, le ocurre a músicos, pintores o escultores, a los creadores, vamos, son esenciales en tanto que ofrecen una manera de concebir el mundo con sus creaciones.

Steiner explica que en las humanidades, “entendiendo la palabra en su sentido más lato, en la filosofía, las artes, la literatura, la teoría política y social, lo que llamamos ‘originalidad’ es casi siempre una variante o innovación en la forma, en los medios de ejecución, en los medios disponibles”. Entonces las ideas que tenemos ¿no son novedosas? Para Steiner, como para el propio Aristóteles, los “medios” de ejecución serán las variantes: cómo el artista experimentaba en 1600 y cómo lo hará en 2030, ¿qué materiales usará, qué técnicas, qué realidad? Pero los temas, ésos serán los mismos a través de los años, cada humanista intentará descubrir, para sí, lo que ocurre dentro de ellos, y después lo compartirá para los “otros”; lo harán desde una perspectiva novedosa con las herramientas que estén a su alcance: el amor, la muerte, la soledad, el miedo, el erotismo, la mitología, no dejarán de presentarse nunca, pululan por ahí. A menudo las ensayamos de una manera o de otra, en una novela, un cuento, una película; intentamos que esa idea interna vea la luz de tal manera que, al hacerlo, se una al parnaso donde otros más se encuentran y ahora están suspendidos en el tiempo, gracias a la constancia de los autores que, de repetirlo una y otra vez, logran concebir la Obra, su Obra.

El ingenio es básico para poder conseguir esto, veamos.

Hay cientos de cosas que no puedo lograr en este texto, concretamente pienso en sus sentidos. Seguramente está usted leyendo en su celular o en la computadora a un personaje que no conoce, una tipografía con un formato bonito, cuando todas estas palabras fueron concebidas en un cuaderno rayado con tapas amarillas, un bolígrafo de tinta azul, a las 9 de la mañana del miércoles 14 de octubre de 2020. Después vino un proceso de corrección para que hubiera el menor número de erratas posibles y las ideas siguieran un orden más o menos lógico y no un mero monólogo mal ensayado. A pesar de todo esto, usted no puede sentir la textura de mi cuaderno de tapas amarillas, ni ver la terrible caligrafía que a veces ni yo mismo entiendo.

Quizás usted esté leyendo esto mucho tiempo después de que se pulió o de que se publicó y la fecha le parezca bastante lejana ya; sin embargo, he intentado ser muy puntual para que no pierda detalle de lo que está leyendo digitalmente y sólo espero que no haya perdido el interés en estas líneas que parecen no decir nada, pero tienen un propósito real. Bien, como no puedo lograr que vea lo artesanal del proceso, si se le puede denominar así a esto que hago, puedo recurrir a su imaginación. Sí, a su imaginación. Y como tampoco puede cerrar los ojos —porque si lo hace no habrá manera de seguir con este disparate— y mucho menos escuchar mi voz indicándole a usted las instrucciones necesarias para llevar a cabo este ejercicio, lo escribiré y tendrá que leerlo desde la comodidad del sitio en el que se encuentra.

¡Comencemos! Imagine que es un árbol, es otoño y comienzan a caérsele las hojas. En cada una existe un mensaje que aparece una vez que se ha desprendido de usted, son sus pensamientos más profundos: miedos, anhelos, logros y virtudes, los cuales estarán destinados a que algún paseante los descubra. Imagine que es de noche y un caminante pasa cerca de usted. Parece acongojado. Él se percata de que una hoja a su paso brilla ligeramente, se acerca para verla por curiosidad y sólo así descubre en ella algo extraño y lee: “La vida sólo se puede conocer a través de la muerte”. Con la hoja en la mano el caminante se asombra, piensa que alguien hizo esa jugarreta y no usted, árbol inmóvil que en cada hoja ha expresado algo a quien se digne detener su paso y asombrarse a sus palabras. El caminante tiene entre sus manos no sólo la información, sino la textura de la hoja. El asombro. La necesidad de voltear a ver si puede interactuar con alguien. Gira la hoja de un lado, del otro, intenta explicarse el misterio, aunque jamás adivinará que fue usted el que le ha dado ese regalo. El árbol sonríe, ha logrado su objetivo.

¿Esta idea es original? Una parte, porque todo lo que acabo de escribir (y escribiré) está dado por mis lecturas: Julio Cortázar, Óscar de la Borbolla, Paul Auster, David Toscana, Haruki Murakami, Benito Pérez Galdós, que sólo me han transmitido ideas para continuar en mi búsqueda. Sin embargo, la imaginación y la creatividad son imprescindibles en cada una de las actividades a las que nos dediquemos, eso mismo dice Carlos Priego, periodista y librero desde hace muchos años, en una entrevista que publicó el día lunes 12 de octubre Fondo Blanco Editorial, en Rostros de la edición. No sólo esto, claro, nos da cuenta de cómo incursionó en el periodismo y cómo poco a poco la corriente lo llevó a relacionarse, primero, con los libros, y después en la editorial Malpaso, sin pasar por alto las vicisitudes que ha tenido que enfrentar como muchos de los que nos dedicamos a esto. Priego alude a la experiencia física con el libro, cuando se hace en pequeños tirajes es muy disfrutable, desafortunadamente no siempre se puede acceder a ellos porque las necesidades nos llevan a seguir a un autor que publica en grandes tirajes.

Pero también está el asombro que sentimos por el objeto mismo que se produce en menor escala, la filigrana con la que muchos de ellos están elaborados, lo artesanal de su proceso, el acercamiento físico que nos hace cómplices de algo que difícilmente podremos disfrutar desde lo digital. No sería descabellado pensar que en estos momentos alguien esté trabajando en la realidad virtual literaria: para que sólo nos baste colocarnos esos lentes y experimentar las historias de Lovecraft, Julio Verne o Victor Hugo, porque no sólo nos quedaremos con el gozo de imaginarlos, sino que tendremos la certeza de estar ahí para vivir las aventuras que otrora sólo teníamos en las páginas de los libros. Puede ser.

Además de éstos y otros razonamientos que son interesantísimos sobre su formación y la labor editorial, Carlos dice algo muy lúcido sobre la poesía a propósito del Premio Nobel de Literatura otorgado a la poeta neoyorquina Louise Glück —poeta, no poetisa—, y esto es que antes del 8 de octubre no la conocía —como muchos de nosotros— porque, entre otras cosas, la única editorial que tuvo a bien publicarla fue Pre-Textos, que vende cerca de 300 ejemplares al año de la galardonada: ¡Poquísimos! Enhorabuena por ella, pero también por aquellas poetas de las que abrevó y fueron andamiajes en su construcción: Marianne Moore, Emily Dickinson, Jane Kenyon o Sharon Olds, pues ella misma ha afirmado lo importantes que fueron sus lecturas, implícitas de algún modo en sus versos, que vieron la luz en 1968 con un poemario al que tituló Firstborn. ¿Cuál es ese gran tema que habita en sus palabras?, me pregunto. Ella dice que “el mito”; Anders Olsson, el presidente del Comité del Nobel, dice que es una poeta de lo universal a partir de “los mitos clásicos”. En última instancia, para poder estar seguros debemos leerla: ¿Qué dirán las hojas que se desprendieron de Louise Glück, para nosotros?

Cerremos los ojos e imaginemos.


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