No existen los libros malos, sino lectores que no han encontrado el adecuado para ellos

Por Roberto Feregrino

Siempre me ha resultado curioso que quienes nos dedicamos a las letras tengamos siempre una opinión sobre la lectura, del acto de escribir, de la obra y, mientras más nos consolidamos en las letras, más son citadas nuestras palabras. Me incluyo, no porque se citen mis palabras, sino porque me dedico a la literatura de varias formas y percibo cosas interesantes en el desarrollo de éstas; discrepo en un centenar de posturas, mientras que otros las aplauden y repelen las que me llenan de algarabía. Sin embargo, de eso se trata, la discrepancia abrirá otros caminos donde dos que se encuentran podrán discernir sobre aquellos temas de interés nacional o aquellas personalísimas que precisan argumento tras argumento para hacerle saber al interlocutor lo que deseamos explicar.

El tema de Diego Armando Maradona (1960-2020), por ejemplo, ha levantado controversia los últimos días a causa de su muerte. Miles han opinado sobre la vida de un hombre dentro de las canchas de futbol; mientras que otros miles han condenado su manera de vivir fuera de ellas. Fue un hombre que siempre desató polémica por el asunto de las drogas, sus comentarios desafortunados, no obstante —creo—, aquellos que opinan eso me parece que saben poco de la pasión que trae consigo ese juego de 11 contra 11 que tiene magia, une sociedades, países y puede liberar todo lo que se trae dentro con un gol en un grito unánime. En la película El secreto de sus ojos (basada en la novela de La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri), Pablo, en la cantina, junto con un compañero de trago, periodista, se da cuenta de que los nombres de las cartas del posible asesino al que le siguen la pista coinciden con los nombres de los jugadores del Racing Club de Avellaneda, y es que, dicen, el amor al “futbol no se esconde”, es algo que se lleva en el cuerpo, en la mente, es una religión para muchos.

La vida personal de El Diego no era perfecta, ¿qué vida lo es?, pero su relación con la pelota fue la de alguien a quien no se le puede borrar así como así, sencillamente porque era un mago que al pisar cualquier campo de juego hacía magia con la pelota en los pies: “El gol del siglo” le llamaron al segundo tanto que convirtió en el mundial México 86 contra la selección de Inglaterra. Un líder en la selección argentina, en el Barcelona, en el Boca Juniors o en el Nápoles. Un líder que lamentablemente fuera de la cancha manchó todos sus logros para algunos tantos que lo critican sin freno, pero ahí sigue, generando polémica aun después de muerto.

El lunes se publicó en Rostros de la edición la entrevista con la periodista y editora Anabel Ballesta, originaria de Toledo, pero avecindada en la Ciudad de México desde hace algunos años. En ella cuenta cómo llegó al mundo editorial siendo periodista cultural y le ofrecieron trabajar en el área de comunicación de Ediciones B. Aceptó, claro, y así inició siendo un vínculo entre las editoriales y los autores con los medios de comunicación.

El discurso de Anabel es cálido, el de una persona que no separa, que en realidad concibe su papel de vincular a los medios con los autores y que además se preocupa por darle oportunidad de acción a los medios pequeños, esos que a veces no tienen tanta presencia y son desdeñados por los grandes consorcios. Por otro lado, mientras muchos opinamos que debería dejarse de publicar tanto, Ballesta aplaude que se publique siempre y cuando el texto esté bien escrito y pueda llegar a un público que lo reciba con afabilidad, que lo celebre, pero lo más importante, que el texto toque al lector. Para ella es muy importante que los libros encuentren a sus lectores o que éstos encuentren a los libros y se enamoren de ellos —“Sube o baja según se va o se viene. Para el que sube, va; para el que viene, baja”, dice Rulfo—. Concuerdo con esta idea porque precisamente eso generará un diálogo interminable entre unos y otras, a tal punto que nuestras percepciones no sencillamente se encasillarán en las lecturas propias del siglo XX (y más atrás), sino de todo lo que se está gestando en el XXI. Claro, muchos escritores nacidos en el siglo pasado siguen trabajando con ahínco y se aplaude, desde luego, son de esas voces que se celebran en el gremio, pero también hay una buena camada de escritores jóvenes que comienzan a tener impacto en el medio literario, como Lola Ancira, Laura Baeza, Atenea Cruz, Sergio Ceyca, Hiram Rubalcaba o Fernando Yacamán, sólo por mencionar a algunos. Cada uno va entramando sus historias con temáticas disímiles, de tal suerte que los lectores cuentan con un abanico infinito de posibilidades para satisfacer cualquiera que sea su gusto.

Ahora mismo recuerdo una exposición de la artista mexicana Ale de la Puente, que se llamaba … sobre los títulos y se presentó en 2009 en la galería de Casa Vecina. En ella la artista pretendía que, entre cientos de libros acomodados por colores, el espectador caminara sobre ellos y pudiera tomarlos, mirarlos y dejarlos donde le placiera. Era una propuesta interesante que a muchos asombraba: una pieza que se construía no sólo con aquellos libros recolectados por De la Puente, sino que se complementaba con la caminata sobre ellos de cada uno de los visitantes: una construcción compartida. Me parece que ésta es un poco la idea que tiene Anabel sobre los libros y el impacto que traen a los lectores. Es muy idílico, es verdad, pero también es cierto que así nos ocurre, la única consigna es no dejarlos; es decir, que no nos desanimamos si un libro no nos satisface, ella sugiere que, si esto ocurre, lo dejemos y vayamos a otro, pues ése no era para nosotros en ese momento. Podemos ir de una recomendación a otra, platicarle a nuestros colegas o amigos de nuestros hallazgos para que ellos vayan y los busquen por ahí; a su vez, ellos nos compartirán los suyos para que también los busquemos y la red crezca con más fuerza y los contemos como nos los contaron a nosotros y así, de alguna manera, andaremos sobre los títulos, porque indagaremos e indagarán nuestros cercanos sobre aquellos que nos marcaron o inquietaron por su temática.

Celebro ampliamente a las Pizarnik, a las Dávila, a las Castellanos, a las Sor Juana, a los Rulfo, a los Márquez, a los Cervantes, a los Homero y a los Aristóteles, cómo no, porque con ellos pude hacerme (medianamente) de un bagaje que agradezco infinitamente, pero también hay tantos otros que día a día están indagando en su escritura qué ocurre en la vida cotidiana y son tan importantes, no dudo que algunos de ellos dejarán un legado en el siglo XXI que celebrarán otros críticos y lectores en el XXII.

Por eso trabajamos todos los días los editores, los periodistas culturales, los escritores, los críticos literarios, en medios pequeños o de gran difusión, en editoriales en ciernes o en grandes monopolios, sencillamente para generar vínculos en común y un diálogo entre todos y todas en aras de acrecentar los puntos de encuentro y que esos diálogos nos nutran.

Entre otras cosas, Anabel piensa que el futuro del libro será digital. Así como ahora digitalmente tenemos presentaciones literarias y lecturas de todas las partes del mundo a las que podemos asistir en el momento y la hora que sea. De la misma forma, el libro impreso será trocado por el digital debido a las necesidades de la época y los lectores.

El mundo está cambiando y las formas con él, nos estamos adecuando a este nuevo modelo de vida tanto social como cultural. Ojalá que en algún momento nos demos cuenta de que la cultura es un bien —intangible, sí— que precisa consumirse para poder darle valor a lo que sentimos y a lo que experimentamos. A saber:  los libros, el teatro, la danza, la música, tantas actividades que están para todos nosotros pero las soslayamos porque pensamos que no nos traen nada de utilidad. En Fahrenheit 451, hay una escena donde Montag se ha robado un libro, ha arriesgado la vida por un objeto prohibido, tomando en cuenta que pudo ser descubierto, pero necesita saber, descubrir,  y Faber le dice que es un romántico sin esperanza, porque no son los libros lo que necesita, “sino algunas de las cosas que en un tiempo estuvieron en los libros” y continúa: “No hay nada mágico en ellos. La magia sólo está en lo que dicen los libros, en cómo unían los diversos aspectos del universo hasta formar un conjunto para nosotros”. Quizá después de ver una obra de teatro o de terminar de leer un libro de cuentos, no podremos andar por la calle ostentándolo como lo haríamos si adquiriéremos un abrigo AllSaints y un par de zapatos Gucci, sencillamente porque la magia de los libros está en las palabras y en eso que nos ocurre a solas, en nuestra imaginación. Esos bienes intangibles nos ayudan a construir esos aspectos del universo que tarde o temprano harán que nos relacionemos entre todos.

La magia que ocurre en los libros es un poco como la magia que ocurre con Maradona: uno como espectador sabía que el campo estaba, como la hoja en blanco, pero era preciso que el jugador plasmara sus jugadas para hacerte soñar y él siempre plasmó lo que le dio la gana, porque, como dice en el documental de Emir Kusturika, Maradona, “dentro de la cancha el líder soy yo”. En los libros hay batallas que se libran: desde la dificultad de la publicación, hasta el olvido de ciertos autores que se revaloran mucho tiempo después siempre y cuando lleguen al lector para el que está destinado ese libro, como lo sentencia Anabel Ballesta, o en otras palabras, no hay libro malo siempre y cuando esté bien escrito y llegue al lector correcto.


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