¡Y qué si quiero leer a Murakami!

Por Cisnette

En estas fechas ya todos sabemos (porque el medio así nos lo exige) quién ganó el Premio Nobel de Literatura 2020. No se habla de otras categorías del premio tanto como la de las letras (Dios tenga en su gloria a Mario Molina). El campo intelectual se desplaza en medio de las opiniones sobre este galardón y el personaje premiado. El apellido Glück acaparó los titulares, las redes hicieron lo propio con la difusión de opiniones, y varios más escribieron, como yo ahora, sobre lo que significa el premio, y la poesía y la presencia de las mujeres en un año tan complicado, entre otras cosas.

Y ahí está el problema: fuera del papel intelectualoide al que nos gusta jugar siempre que salen estos temas, ¿qué significa para México —un país enfermo, pobre, violento, endeudado, que vive al día, en medio de una transformación que parece asfixiarlo— que una mujer estadounidense (o de cualquier otra nacionalidad) gane un Nobel (o cualquier premio) por su poesía (o por cualquier otro género literario)? Nada. No importa. Fuera del campo (en la acepción bourdieuana), la mayoría de la gente seguirá sin leer poesía. Otros más la leerán de paso y cuestionarán su premiación, mientras que los menos serán los expertos (o a eso jugarán) y harán críticas valiosísimas que se perderán al paso de los días. Y fin del asunto.

Vuelvo a decir que eso de jugarle al intelectual es lo que nos ha metido en problemas en la industria editorial y en el rumbo de la sociedad en general. Existe un asunto de “obligatoriedad lectora”, que agobia a propios y extraños; una obligatoriedad que nos somete a la voluntad de otros, de aquellos que siempre quieren decirnos qué leer y cómo leer. Durante mucho tiempo, a los intelectuales se les ha atribuido autoridad absoluta en materia de cultura, de suerte que lo que “ellos” (quienesquiera que sean) consuman culturalmente debe ser consumido de manera casi obligatoria por el resto de la sociedad, y, para nuestra suerte, el consumo cultural por excelencia es la lectura. Pero ¡ay de aquellos que nos alejan de bellas lecturas sólo porque éstas son comerciales!  

“Un año más que Murakami la cruzazulea” fue lo que leí en diversos memes que, durante días, circularon por la red. Las burlas no pararon, la desgracia fue el elemento común con el que varios relacionaron la vida literaria del japonés con otros aspectos de la vida diaria de varias personas al otro lado del mundo, sin embargo, lo que llamó mi atención fue el tono tan despectivo con el que se refieren a la obra del autor. “Alguien a quien no hay que leer, si te dices un lector respetado, refinado e inteligente”. ¡Y dale con tu pose insoportable!  

Lo peor que podemos hacer, en mi opinión, es pendejear a la gente que, por iniciativa y buena intención, lo primero que lee es un libro de Murakami o cualquier otro best seller. ¿Qué queremos demostrar con esa clase de posturas? ¿Que sabemos mucho de todo por haber leído quién sabe cuántos libros por segundo y que por eso nos sentimos con la autoridad intelectual y moral para dar nuestra opinión a quien se cruce en nuestro camino? A nadie le importa. Lo que debería importarnos es que tenemos un problema de producción, edición y de difusión literarias que no están llegando a los sectores más ajenos a las letras. Que hay un sector importantísimo que no está al tanto de quién gana el Nobel, que no va a las librerías ni a las presentaciones de libros, que sólo tiene acceso a libros de texto y, a veces, ni eso. Eso debería escandalizarnos más que si alguien lee o no a Murakami.

El problema es grande y el panorama, poco alentador. ¿Alguno de nosotros se atrevería a pendejear a cualquier niño que prefiera leer Harry Potter antes que Los hermanos Karamazov? Quiero pensar que no. Le aplaudimos que se acerque a la lectura “aunque sea” leyendo eso y, a lo sumo, con el tiempo, le recomendaremos algún otro título que creamos “más elevado” que lo que llamó su atención (¡bah!). Atribuiremos su “falta” a su inexperiencia y pensaremos que, al paso de los años, si continúa leyendo, “recuperará el camino” (signifique lo que eso signifique). Con los adultos, el trato es distinto, a pesar de que, al igual que el niño, pueden ser lectores principiantes. Si vemos a alguien leyendo un libro sumamente comercial (ya no digamos de autoayuda), solemos atribuirle una baja comprensión y relación con el medio intelectual, suponemos que no tiene buen gusto “ni idea de lo bueno” y, por consiguiente, que “pertenece a las masas incultas que nos rodean”. (En serio, ¡qué pose tan pesada!)

¡Celebremos que alguien quiso acercarse a los libros y que, por convicción, terminó de leer algún título que llamó su atención! ¡Dejemos de provocar que la gente sienta miedo de la opinión ajena a la hora de decidir qué lectura hará! ¡Deshagamos la idea de que leer es para intelectuales! ¡Dejemos de señalar! Masifiquemos los libros, la industria, las librerías. Lleguemos a esa gente a la que le resultamos ajenos; transmitamos confianza, permitamos que se formen una opinión. Como lectores principiantes, necesitarán una guía más que un reclamo, y ése es nuestro trabajo.

Ahora bien, cuestionémonos sobre las estrategias que hicieron de Murakami, de Harry Potter y otros más, auténticos bombazos que llegaron masivamente y que, de paso, llenan de ganancias los bolsillos de las empresas que los cobijan. ¿Qué mensaje transmitieron?, ¿en qué vacíos vieron la oportunidad y la pertinencia de sus productos? Masificaron la lectura. Llegaron adonde pocos han llegado, pero no hemos querido aprender de ello porque nos parece bajo, porque lo comercial no es bueno, y es que “alguien” dijo que eso no funciona, y aquí seguimos excavando en lo más profundo, publicando libros exquisitos (o reverendas porquerías, porque, en serio, no aportan nada) que se perderán en los almacenes.

¿La cultura no se masifica? ¿Lo bueno, literariamente hablando, no puede ser masivo? Dejemos de hacerle al tonto y lleguemos a esos sectores que tenemos olvidados. De paso, formémonos una opinión propia, y si para ello hay que leer a Murakami, ¡leamos a Murakami! Ya con un pulque (porque la idea intelectual sobre el café me marea) platicamos sobre si es bueno o no, pero leámoslo primero.


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