Entre líneas, un proyecto que vincula al lector con el autor

Por Roberto Feregrino

A las mujeres, por su lucha infatigable

Alexander Kuprin, el narrador realista ruso, tiene un cuento bellísimo que lleva por nombre “La vida apacible”; lo leí en una antología en la que se incluyen, claro, a Pushkin, Chéjov y Gorki, los grandes prosistas de los que la literatura universal ha abrevado hasta el cansancio. Sin embargo, la vida de este escritor me resulta familiar. Me explico. Kuprin ingresó al ejército a los 20 años, llegó a ser subteniente; después decidió dedicarse a la escritura. En 1889 publicó El último debut y, años más tarde, dejó la milicia para dedicarse de lleno a la escritura. Me resulta familiar porque, al conocer su biografía, no dejé de pensar en Mariano Azuela, un médico que acompañó a Pancho Villa y que escribió mientras apoyaba la Revolución mexicana; de esas andanzas salió Los de abajo, que inauguró la novela de la Revolución. Tanto el narrador ruso como el mexicano sabían de armas y fueron protagonistas en los albores del siglo XX, aunque el segundo prefirió combinar las armas y las letras.

Volviendo al cuento de Kuprin, he de decir que su belleza radica en el gozo del personaje Iván Ivánovich Nasedkin (ya retirado plácidamente en la comodidad de su hogar), pues informa los vicios, pendencias e infidelidades de las que se entera, a los afectados —por medio de cartas anónimas— con el propósito de que los culpables las expíen; tiene la certeza de que éstos son informes benévolos y de buen cristiano que ayudarán a encarrilar a las ovejas descarriadas. Para tal efecto, Nasedkin anota en un cuaderno el nombre del pecador (o la pecadora, porque no distingue géneros en las denuncias que hace) y el mal que cometió; acto seguido, redacta una epístola que a veces firma como “uno que piensa bien” y otras, como “un amigo”, dependiendo de quién sea el destinatario.

Pensé en esto luego de escuchar la entrevista que publicó Fondo Blanco Editorial el lunes 19 de octubre, en Rostros de la edición, con Sofía de la Mora, editora y maestra de la UAM, porque su discurso es de una notable lucidez. No sólo sabe de edición: vive la edición y sus procesos. Fácilmente este texto podría terminar aquí, invitándolo a que ingrese a YouTube y vea el video completo, dialogue con ella, se contagie con su pasión y tan amigos como siempre.

No obstante, hablaré de su proyecto Interlínea. Cultura editorial y de algo que no es nada sencillo: la transmisión del concepto libro en la academia. Para De la Mora, el libro no es un objeto aislado que escribe un autor junto a un editor y se exhibe en los anaqueles para que lo compre un lector. No. Para ella, el libro es “todos” los que intervienen en su proceso, pensando en las publicaciones universitarias. Primero que nada, una obviedad: ¿por qué se publica? La respuesta ideal sería porque tenemos algo que decir, aunque muchas veces los motivos son más truculentos y empañan las publicaciones, pues en ocasiones obedecen a amiguismos, compadrazgos o terminarse el presupuesto. También solemos pensar que aquellos académicos universitarios saben escribir; lamentablemente no siempre es así, porque el grado académico no siempre es sinónimo de que se sabe escribir para ser entendido. Como resultado, el editor se convierte en un mero trámite y el destino de los 500 o 1000 ejemplares impresos es alguna de las bodegas de las universidades.

El discurso de Sofía va más allá, comprende que el proceso se troca en un cuerpo textual y por ello cada una de las partes que intervienen en él debe seguir un tratamiento impecable para que ese objeto llegue adonde verdaderamente tiene que llegar. Un mecanismo idóneo sería el siguiente: el investigador pasa su texto al editor, éste lo adecúa para que sea comprendido por el lector; en el momento que llega a la librería, los libreros conocen el material, lo explican a los alumnos y al público en general, así se crea un diálogo entre todos, puesto que todos forman parte del proceso. El problema es que tal parece que cada quien hace su parte sesgadamente; es decir, parece que la publicación debe llegar al lector como por arte de magia y terminamos peleando unos con otros por la mejor manera de hacer las cosas. Generaciones en pugna. La generación adulta se pelea con la novísima. De la Mora se sabe un puente que tiene el deber de vincularlas, aunque muchas veces no es fácil, sencillamente porque unos no aceptarán lo que proponen otros; los otros tampoco lo que proponen los unos.

Todo cobra relevancia en la actualidad, lo que se requiere es saber cómo. Lo digital es tan esencial como lo impreso; los textos de divulgación son tan necesarios como las novelas y los trabajos de investigación tan importantes como los técnicos. La cuestión entonces es cómo el editor interviene en la construcción de este objeto que deberá ver la luz y llegar a un lector meta. Visionariamente, la maestra, al asumirse como un puente, crea consciencia de cómo las tecnologías se pueden aplicar para aprovecharse. Esta lucha es la que me hizo pensar en el cuento de Kuprin, porque Nasedkin es de la vieja guardia y en una de estas cartas acusatorias le escribe al inspector general de las escuelas de distrito, sobre un maestro de nombre Opimajov que:

«[…] lo único que pretende es inspirar a sus alumnos ideas falsas y peligrosas, tendientes a comprometer las buenas costumbres y agitar las pasiones políticas, así como a mermar el prestigio de la autoridad; en una palabra, a propagar el más abyecto y podrido socialismo.

«[En sus conferencias] afirma que el hombre proviene del mono. Como, por otra parte, el profesor de geografía Sidorchuk también predica a sus discípulos ideas subversivas, sirviéndose de la estadística y la economía política, no es extraño que los alumnos de esta desdichada escuela, instruidos por semejantes pedagogos, se distingan de un modo especial por su conducta violenta y por su perversidad.»

Los tiempos cambian. Nunca dejamos de movernos. Requerimos puentes bien cimentados que nos hagan conscientes de que lo de antes no es peor que lo de ahora, ni lo de ahora más horrible que lo de antes, simplemente son circunstancias que coexisten y debemos discernir qué va mejor en el proceso educativo, el libro y toda la red lectora. Tan es así que De la Mora tuvo a bien hacer un proyecto desde hace años que se llama Interlínea. ¿Qué es? Es el producto tangible de la teoría que circunda academias y discursos utópicos, en el que ella ha trabajado concienzudamente sabiendo que la Lectura, la Escritura y la Oralidad (LEO) son esenciales, pues intervienen en todo nuestro quehacer académico.

El proyecto incluye una suerte de entrevistas con aquellos actores que se vinculan con el proceso del libro. Hasta ahora son más de 300, las cuales podemos consultar para darnos cuenta de su importancia. Además hay reseñas de libros y, en caso de que nos interese comprar alguno, nos redirecciona automáticamente para saber dónde podemos adquirirlo. Tienen una página web que se llama Interlínea. Cultura editorial, página de Facebook y YouTube donde podemos encontrarlos con el mismo nombre. Es decir, este proyecto es ambicioso no sólo de palabra sino de obra, ella sabe de cierto lo que ocurre en el mundo editorial y propiamente en el universitario, donde la rapiña, soberbia e intereses personales minan el aprendizaje y el trabajo colaborativo; no todos, claro, pero sí unos cuantos que son los que enturbian el agua que debería estar más cristalina. En algunas de estas cuestiones descansa su discurso, el cual lleva años de empeño, dedicación y enseñanza. Tal vez si el querido Nasedkin se enterara de todo esto que la maestra está haciendo, no dudaría en escribir una carta al mismísimo rector de la UAM para decirle, anónimamente, en qué anda metida, tachándola quizá de “perversa” o “abyecta”, porque no se ajusta a las viejas tradiciones. Afortunadamente no es así, nuestro amigo de “La vida apacible” seguramente está rindiendo cuentas a otros gobernantes. Que deje a Sofía trabajar en paz.


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