La otra muerte de Federico García Lorca, la ficción y la realidad

La biografía de Federico García Lorca ofrece datos indiscutibles, con excepción de uno solo: ¿realmente murió en 1936? Sabemos que nació el 5 de junio de 1898 (hoy hace 122 años) en Fuente Vaqueros, Granada, España, y que elementos de la Guardia Civil española le dispararon el 18 de agosto de 1936 a las 4:45 de la madrugada en el camino que va de Víznar a Alfacar, también en Granada, y que fue echado a una fosa común cerca de ahí, pero nunca se logró recuperar su cuerpo. En un sentido muy riguroso, sabemos que la Guardia Civil le disparó, pero nadie ha podido asegurar que Lorca realmente murió a causa de esas balas. De hechos como éste es de donde se nutre la literatura.

La leyenda cuenta que el cuerpo malherido de Lorca fue echado junto con tantos otros a una fosa común, de la cual logró salir arrastrándose poco a poco hasta terminar en el camino de Víznar a Alfacar. Ahí lo encontró un trabajador que hacía la misma ruta; tras hallar el cuerpo ensangrentado junto a la carretera, lo subió a su camioneta para asistirlo desde su casa. Con los días, el moribundo fue sanando sus heridas, pero no logró recuperar ni la memoria ni la cordura.

El salvador de Lorca, aún sin reconocerlo, lo llevó entonces a un convento y lo puso al cuidado de una monja dedicada a los enfermos mentales. Regresó un par de veces al convento para descubrir que el hombre había mejorado su condición física, pero mentalmente seguía sin comprender lo que pasaba a su alrededor. Cuarenta años después de dejarlo en el convento, y obligado a regresar por motivos de trabajo, el hombre se entera de que la monja ha fallecido y el Lorca envejecido había huido del lugar.

Todo esto lo hace pensar cada vez más y más en el pasado del hombre, del que desconoce su identidad. Después de un tiempo lo encuentra de nuevo ya envejecido vagando en la calle, y una vez más lo lleva a su casa para atenderlo. La memoria parece golpear a Lorca un par de veces, como un relámpago, pero sigue sin recuperar la cordura. Es alguien que come y bebe por sí mismo pero no se da cuenta de nada.

Un día, mientras recorren el camino de Víznar a Alfacar en la camioneta del hombre, ésta se descompone y ambos bajan a estirar las piernas. Los recuerdos regresan salvajemente a la cabeza de Lorca y se echa a correr sin rumbo fijo. El hombre que lo salvó cuarenta años atrás no logra localizarlo, pero descubre que él mismo está parado en el punto exacto en que estaba el cuerpo ensangrentado de Lorca cuando lo recogió de la orilla del camino, y que la vista del lugar ha hecho que Lorca recupere la memoria de un momento a otro.

Desesperadamente, lo busca en todos los sitios donde cree que podría estar, pero no logra encontrarlo, de modo que se obsesiona con el pasado del hombre, que sigue sin reconocer, y se dedica a investigar quién es esa persona a la que ha estado unido por tantos años, hasta que reconoce su rostro en un documental sobre Federico García Lorca, el poeta, el mismo hombre y la misma mirada que él vio a un lado del camino y que salvó dos veces, con la diferencia de una cicatriz en la frente provocada por una bala que, desde luego, aún no recibía el Lorca que aparecía en la pantalla.

Busca información sobre fusilamientos en la zona y en la fecha en que salvó al hombre, y así descubre que Federico García Lorca fue detenido por la Guardia Civil y oficialmente fusilado muy cerca del sitio donde encontró al hombre moribundo, que nunca encontraron su cuerpo y que no existe una sola prueba de su muerte, salvo la certeza de que le dispararon el 18 de agosto. Él sabe por qué nunca encontraron el cuerpo de Lorca: no murió fusilado, sino que de algún modo llegó al camino donde él lo encontró y a partir de ahí vagó por la vida con un cuerpo maltrecho y envejecido sin recordar nada de sí mismo.

Todo lo anterior es la trama de la novela La luz prodigiosa, de Fernando Marías, publicada en 1990 y convertida en película en 2003, pero ha dado pie a una leyenda que muchos creen como tantas otras, con la evidencia irrefutable de la única fotografía que se conserva del Federico García Lorca resguardado en el convento, o al menos eso es lo que se afirma.

Es tal la fuerza de esta leyenda que el periodista Juan Jesús Haro Vallejo la recogió como cierta en un reportaje en agosto de 1999, citando a su vez una supuesta entrevista al panadero Rogelio Bermejo, quien habría asegurado encontrar al poeta moribundo al lado del camino en 1936. Es decir, la misma trama de la novela de Marías, que incluso apareció como parte de los falsos documentales de la serie Páginas ocultas de la historia, titulado “La otra muerte de Federico García Lorca”.

La historia escrita por Fernando Marías logró convencer a tanta gente de su veracidad que superó la ficción para convertirse en una anécdota que se cuenta en Granada como verdadera, pues siempre hay alguien que conoce a alguien que lo comprobó. Este paso de la ficción a la realidad fue el que se brincó Haro Vallejo. Sin embargo, más que criticar el descuido del periodista, la anécdota ilustra el poder que tiene la ficción en la vida de los individuos, intensificado por la biografía de un personaje tan importante como Federico García Lorca.

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