Otros libros posibles. Apuntes sobre la diversidad de idiomas

Por Vladimir Villalobos López

Al menos desde hace quinientos años, cuando la invención de la imprenta permitió la circulación de una cantidad de textos que antes hubiera sido impensable, el libro ha ocupado un lugar de gran importancia en incontables culturas. Ya sea para conservar un registro, para educar o conmover, el libro se ha vuelto imprescindible.

De manera similar a lo que aquí se señala respecto a la ortografía, el libro sirve, entre otras cosas, como soporte del conocimiento y como instrumento comunicativo. Un libro entretiene pero también educa y, al mismo tiempo, ayuda a perpetuar una manera de conocer y enfrentarse al mundo. Si la agricultura permitió que el ser humano se asentara en poblados fijos en lugar de tener que vagar por el mundo para procurarse alimento, la escritura facilitó la transmisión del conocimiento más variado. Por ejemplo, el registro de los días o los acontecimientos de un periodo particular estaba afianzado en la palabra y las personas podían ocupar su inteligencia y memoria en otros asuntos. Lo anterior se multiplicó exponencialmente gracias al libro, ahora no sólo existía este conocimiento registrado, sino que también fue posible hacerlo llegar a más personas. Cualquiera que comprendiera el código y tuviera acceso al libro podría participar de dicho conocimiento e interactuar con él.

Pero, y volvemos al principio de este texto, al menos desde hace quinientos años, la generación y transmisión de conocimiento se han basado en el libro. Alguien vierte sus ideas en un texto, que después se edita, imprime y distribuye para que los interesados lo conozcan y, a partir de él, generen otras ideas que a su vez podrán plasmarse en libros —hay que aclarar que sí, existen otras maneras de generar y transmitir el conocimiento, y no, el libro no es el único medio o formato con esta función, sin embargo, sí se volvió el medio predilecto para hacerlo.

Prácticamente todo nuestro mundo está contenido y explicado a través de los libros. Podrían desaparecer los seres humanos y bastaría con que algún extraterrestre descifrara nuestros libros para comprender cómo era la vida en la Tierra. La anterior es una idea que solemos escuchar o pensar, quizá la leímos en algún libro. Es cierta, aunque imprecisa, en el supuesto de que los libros se salvaran. Me explico.

Lo primero que ha de aclararse es que los libros son iguales, y no, aquí y en China. Cada cultura tiene una concepción del mundo y ésta puede apreciarse en sus libros. En muchos países orientales, por ejemplo, es evidente que los libros se leen en sentido contrario a como los leemos nosotros, sin mencionar que nuestro alfabeto es totalmente distinto. Así pues, en mayor o menor grado, cada lengua se distingue de las otras. Incluso entre los países que utilizamos un mismo idioma para comunicarnos se observan diferencias, aunque más sutiles (ya habrá tiempo para reflexionar sobre esto).

Estas diferencias no son caprichos que se adoptan para sentirnos únicos. Cada lengua, cada alfabeto y cada elección editorial corresponden a una visión del mundo, ¿a cuál nos referimos cuando imaginamos seres de otro planeta interesados en nosotros? Hay que considerar que elegir una visión significaría descartar a las otras. Aún no se inventa un idioma universal y deberíamos celebrar esto, pues quiere decir que en este mundo conviven otros mundos.

Sin embargo, no debemos ignorar que muchas culturas no cuentan con un alfabeto o un método de escritura. Tantos siglos de afianzar el conocimiento por medio del libro no han permitido que, en el caso mexicano, los indígenas (con todo lo general y problemático que este concepto pueda representar) se apropien de la escritura y del libro. Es cierto que existen editoriales enfocadas en la publicación de autores en lenguas indígenas, también hay concursos literarios, becas y estímulos, pero estas medidas gubernamentales no dejan de ser una medida insuficiente y mediática.

Según estudiosos como Javier Castellanos, de poco sirve promover concursos de creación literaria si no hay un programa social y educativo que respete la lengua y autonomía de cada comunidad. Es decir, pueden seguir editándose libros bilingües, por ejemplo, pero si no se aceptan esos otros mundos y se les da su lugar —incluyendo clases en sus lenguas y no sólo en español, o fomentando la creación de gramáticas o de las herramientas que cada comunidad considere pertinente para su quehacer escritural—, en realidad poco cambiará. El propio Castellanos señala que estos libros son leídos sólo por los hispanohablantes, pues a la mayoría de las comunidades indígenas no se les enseña a leer o escribir en su lengua.

Estos programas para estimular la creación literaria, y artística en general, deben continuar, pero han de cimentarse en políticas que realmente incluyan y respeten cada manera de concebir el mundo y la literatura que les funcione para vérselas con él. Las editoriales han de estar atentas y asumir las decisiones más sensatas para que el ocultamiento al que los pueblos indígenas se han enfrentado al menos desde hace casi quinientos años no se siga reproduciendo en el campo editorial.

Ha de pensarse y discutirse sobre cuál sería la manera de asumir este reto necesario. La primera decisión que debe tomarse es que no pueden tomarse decisiones sin ellos. Es necesario incluirlos y escucharlos en todo momento. Más que preguntarnos si será posible que los extraterrestres serán capaces de comprender nuestros libros, considero urgente entendernos entre nosotros, quizá sin libros de por medio, para empezar.


Fuente: Javier Castellanos Martínez, Literatura y lengua, semillas fértiles para los pueblos originarios de México, UNAM, México, 2016.

Imagen de My pictures are CC0. When doing composings: en Pixabay


Acerca del autor

Vladimir Villalobos López es licenciado en Letras Hispánicas, especialista en Literatura Mexicana del Siglo XX y próximamente maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana.


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