Selenografía de amor argento: sobre Novilunio, de Abraham Peralta Vélez

Por Manolo Mugica

En Novilunio (UAM/Literal, 2019), el poeta Abraham Peralta Vélez (1989) entrega poco más de cincuenta poemas cuyo detonante es la paternidad. Ahora, si el recuerdo no me traiciona, debemos a Cervantes la comparación de publicar libros con tener hijos. Se comprende que en la Antigüedad fuera un verdadero logro editar un libro, pero actualmente esta hipérbole desmerece, evidencia la flaqueza escritural o ejercita la falsa modestia. Contextualizando esta metáfora, la excesiva publicación de poemarios puede equipararse con los embarazos no deseados. Por fortuna, ése no es el caso de Novilunio, y esta reflexión viene muy a cuento porque el nacimiento de su hija implicó para Peralta Vélez el regreso a la escritura. No sólo lo ha declarado públicamente, sino que lo confiesa en el apartado “Luna menguante”: al final del último poema afirma límpido “Pude escribir”.

Lo acontecido con su libro es mejor que el simulacro de un alumbramiento: el dar a luz real a una niña generó un poemario. No fueron los versos quienes hicieron a la niña, sino la niña fue quien hizo los versos. Aquí la máxima del Cristo se cumple: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”, pues los poemas se alimentan de los padres y de la bebé: el poeta nos coloca frente a ese milagro de la poesía que es la vida, o viceversa: la vida nos coloca ante ese milagro que es la poesía. El hilo conductor de cada apartado poético es el amor, que lo mismo funge de telescopio que de microscopio porque para el amor la distancia jamás es un inconveniente: se adapta a la circunstancia y enfoca según se requiera. Sin suponer los motivos de aquel bloqueo escritural que padeció Peralta Vélez, el nacimiento de la nena llegó en el momento justo, lo que impidió al poeta situarse en los ecos de la existencia para hacerlo de lleno en los gritos y ser partícipe de ellos.

La obra comienza en una especie de prehistoria anímica, un protoidilio, el momento anterior a la noticia del embarazo (aunque aparece el presentimiento de éste: “Me encontré una huella hacia adelante / sentí despojos de futuro por nacerme”), cuando la pareja se hacía y se deshacía el amor a mansalva, como lo exige el lirismo. En este apartado sin título abunda la genitalidad, la desesperada euforia por poseer al otro y no alcanzar a contenerlo; se trata de un romance sadomasoquista, dado que el placer va acompañado de dolor: “tus manos se volvían buitres en mi espalda”, “sostenía el azote con mi dulce apertura”, “la inquietud del hacha sobre la mirada”, “cuerpos desangelados / cacofonías de lo deshecho”… Aunque no funge como influencia, encuentro ecos de Baudelaire en esta expresión poética donde el placer se sufre y el dolor se goza. Por ejemplo, dice el poeta francés: “Existe en el acto del amor un gran parecido con la tortura o con una operación quirúrgica” y abunda en ello: “Aun cuando los amantes estén muy enamorados y muy colmados de recíprocos deseos, uno de ellos se hallará siempre más tranquilo o menos poseído que el otro. Éste, o ésta, es el operador o el verdugo; el otro es el sujeto, la víctima”.

Asimismo, considero que la tesis de Bataille sobre el erotismo se cumple en Novilunio, de cierta forma, pero con una vuelta de tuerca. Los tres erotismos: el de los cuerpos, el de los corazones y el sagrado aparecen en el poemario: la etapa sin título que responde a la carne, al impulso sexual; la etapa del embarazo que une a la pareja sentimental, emocional y psíquicamente —diríase que es cuando los corazones se abrazan y se abrasan— y, ojo, cuando la beba nace y se incorpora a la vida de sus padres. Cada tipo de erotismo responde a un deseo de continuidad: al sabernos seres discontinuos (situación de aislamiento del ser), el erotismo nos brinda una sensación de profunda continuidad, primero físicamente, después psíquicamente y por último espiritualmente (Bataille no utiliza estos términos: yo me valgo de ellos para simplificar la idea). Se aspira a la muerte porque ella representa la disolución del ser en el todo, lo que pone fin a la discontinuidad. Sin embargo, la obra de Abraham Peralta Vélez me ha hecho reparar en una posibilidad alterna a la muerte, que da continuidad a los que se aman: la concepción de un hijo. Si la memoria no me juega en contra, George Bataille jamás consideró como respuesta a la unión amorosa el embarazo, símil del acto creador (erotismo sacro). Ha sido Novilunio quien puso esa tesis en mi cabeza y que, quizá, merezca algún desarrollo en otro escrito.

La segunda tanda de poemas, “Luna creciente”, repara en el momento de la gestación, mismo que llega “como una respuesta rebelde a lo baldío”; lo baldío, aquel estado perenne de las sociedades hiperconsumistas. La metáfora de esta sección es un claro guiño al crecimiento del vientre de la madre: la luna creciente semeja una pancita de embarazada. El cierre de este episodio poético se ocupa de la muerte de la abuela —¿del padre o de la madre?—; muerte y vida van tomados de la mano. Parece que constantemente algo se muere y algo nace, en una lemniscata vital que mantiene presente el ir y el venir de la vida con todo y sus más peligrosas vueltas. Otras peculiaridades que se encuentran aquí son el acierto de mezclar papeles médicos con pronunciamientos poéticos (“Plan de parto”): es decir, la combinación entre algunos tecnicismos clínicos con maneras poéticas; también la hibridación entre verso y prosa (“Era un corazón pequeñito”).

La tercera sección, “Plenilunio”, presenta el alumbramiento. Luna y vientre continúan en comunión: la luna llena indica que el vientre materno ha llegado al fin de la gestación; se trata de una luna madurada, de un vientre listo para dar frutos: visto así, los poemas anteriores se referirían a la siembra y éstos a la cosecha. Hija y poemas se van dando según se avanza en las páginas. Peralta Vélez vuelve a echar mano de los formularios médicos, de aquella burocracia clínica, y de la hibridación verso-prosa al disponer su discurso en el poema “Mi hija ha nacido como el alba”; contrapone dos sistemas escriturales: “Presión arterial: el mar” / Pulso: cae una estrella / Temperatura: los perros ladran a la luna roja”. Luego, si bien la dupla dolor-placer nunca desaparece totalmente del poemario, en esta parte regresa con brío: “delirios de azucena brutal”, “fuego que aguijonea”, “El pico y la azada abrieron / las alas de una mariposa”, “un cuchillo hundía su filo sobre mis labios. / Un relámpago mordía mi costado”, “Por momentos se fracturaba el vacío”, “El dolor daba nueva forma a las rosas”, “lo pútrido deviene en lo vítreo”; además de esto, se presentan dos poemas en prosa. Aquí se cuentan las complicaciones del parto y las tentativas de muerte. Se trata de textos sumamente íntimos que retratan una intimidad anómala en la poesía.

En la siguiente serie de poemas, “Cuarto menguante”, se continúa el progreso natural: comienza la vida con la beba, el mundo cobra sentido de nuevo, se redescubre. Es cursi por necesidad y siento el deber de resaltar el valor que existe en esto, en emplear formas sobradamente cursis, ya que el efecto que producen es efectivo: se deja ver la emoción, la felicidad que la paternidad provoca. La pertenencia se percibe en la enunciación: “Mi bebé”, “mi niña”, “mi lunalhelí”, “mi niña bonita”, “mi hija”. Se presentan canciones de cuna (“Mi niña, a dormí” y “A la luna vuela, a luna ya”). Abundan los diminutivos como fórmula discursiva para denotar proximidad, cercanía, vínculo amoroso. Esta sección me resulta la más interesante, pues en ella la voz lírica se pone completamente en cuestión: el nacimiento de la hija re-presenta un re-nacer poético. Al preguntarse sobre la condición de la hija el padre se autocuestiona; en el poema “¿Qué no es un salero”, el poeta se explica a sí mismo el mundo, pero como si se lo explicara a su nena. En “Hay una cosa ligera, de estambres vacíos” se propone la tentativa de cómo contempla el mundo quien está desposeído de nombres. En fin, los poemas versan sobre el peso del lenguaje, sobre quien desconoce el yo, la individualidad. La hija viene a ser el origen de toda expresión poética… Mejor dicho, la niña representa a un poeta en origen, en aquel estado de gracia (poesía) en el que el mundo no ha sido dicho. Siguiendo la tesis de José Francisco Conde en su texto “La poesía es una santa laica…”, se trata de la razón ontológica de la poesía: decir el mundo como si fuera la primera vez.

La quinta división, “Luna menguante”, resulta relevante por su tema —inusual para la poesía mexicana—: la paternidad y las complicaciones que en ella se viven. Sin importar que el padre desee quedarse en casa a pasar más tiempo con su hija, debe salir a conseguir el sustento; sin embargo, cuando se está en casa la continuidad del mundo no afecta, ya que se está donde se quiere y con quien se ama. Por esta razón, pese a las posibles miserias (económicas, emocionales, laborales, físicas), la alegría prevalece, la bebé-poesía se convierte en el motor, en el detonante de los poemas del diario existir. La última parte, cuyo título da nombre al poemario, es un solo poema en prosa que reúne todas las emociones de las secciones pasadas. La forma recurre a la alegoría y recuerda los procedimientos poéticos que caracterizan la obra de Marco Antonio Montes de Oca; también vino a mi memoria el momento en el que un Borges-ficticio describe el Aleph, cuando “Cada cosa […] era infinitas cosas, porque […] claramente la veía desde todos los puntos del universo”; se trata de un ejercicio retórico de acumulación que invoca el desborde para culminar con el nacimiento de la bebé, expuesto sutilmente: “Nació una niña del oráculo del mar. El viento la arrojó a la orilla con su sinfónico destino”.

Concluyo con tres cuestiones más: aunque prevalece la voz lírica del padre, la de la madre también interviene, se presenta en cursivas. Salvo el apartado final, “Novilunio”, los demás son atravesados por poemas distintos que comparten título: “Sueño”; alguien deberá profundizar en ello. Los tres mejores poemas, a mi entender, los más poderosos (sin menospreciar al resto) son: “Pbla-pbla-pbla, pbla-pbla-pbla”, “Un ave en mis manos se volvió negra sal” y “Mi abuela murió cuando nació mi hija”. Bienvenidas al mundo nena y obra.


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