¡Renuévate, librería, o morirás!

Por Cisnette

“Cualquier librería independiente que ha logrado sobrevivir

es el mejor lugar para hacer una lectura”.

Ruth Ozeki

Ayer, tras varios meses de retraso (con el pretexto pandémico, por supuesto), visité una de las librerías que, por compromiso moral y natural, tuve que haber visitado desde hace al menos un año. No hubo ningún asomo de decepción. La ubicación, el espacio, la distribución, la oferta y las rebajas formaron un conjunto que, para beneplácito de la editorial que la alberga, le ha significado diversas ventas y la visita constante de clientes, lo que mantiene un ambiente activo, como si de las puertas hacia afuera no hubiera desastres de venta, producción ni difusión editoriales.

En el rato que pasé ahí, vi pasar frente a mí listas de surtidos, rollitos de cinta canela, cartoncillos y montoncitos de libros que acabarían en las manos de los clientes que, según presumieron los libreros, estaban contentos por la rapidez con la que recibían sus pedidos. La gente entraba y salía, los vendedores, en su modesta moto, surtían las listas de los libros que no estaban a la mano, y el mensajero buscaba en el mapa las direcciones de entrega, para trazar las rutas. ¡Bien ahí!, pensé. ¿Qué podría salir mal?

Todo lo demás. En días pasados leí en redes sociales los sentidos reclamos y las razones por las que las editoriales y los distribuidores somos culpables de que las librerías pequeñas y medianas estén al borde del colapso, ya que tanto unos como otros somos ignorantes (por no decirnos idiotas) de lo que pasa en las librerías. (¿Cómo!) Es jodidamente cierto que no hay condiciones de competencia hacia las grandes cadenas (Sótano, Gandhi, Sanborns, etc.) porque no existen políticas que unifiquen, por ejemplo, el precio de venta al público, los descuentos, el cobro de impuestos, etc. (nada de esto es por decisión de editores ni distribuidores, por cierto), pero también es cierto que la construcción del espacio físico de las librerías es absolutamente obsoleta para la era digital a la que tuvimos que adaptarnos TODOS.

En otras palabras, y hablando rápido, claro y mal: muchas librerías han sobrevivido más por la idea romántica que los lectores han creado en torno a ellas como espacios de consumo cultural, que por la efectividad y el acercamiento de éstas hacia los lectores. ¿Es culpa nuestra? Cuántas veces hemos escuchado las quejas de la gente cuando: 1) acude a una librería y no encuentra lo que busca; 2) le pregunta a un librero sobre un título y éste no tiene idea de qué le están hablando; 3) la librería más cercana le queda muy lejos; 4) la librería le parece aburrida; 5) el acomodo no es el ideal (siempre es el mismo), 6) sólo encuentra libros, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Es culpa nuestra?

Ahora, a lo anterior se suma la aguerrida renuencia de varios libreros por unirse a la era digital y, antes bien, hacen absurdos llamados para unirse contra Amazon. Suerte con eso. Rapidez, comodidad, efectividad, seguridad fueron algunos de los puntos débiles de las librerías que Amazon supo invertir a su favor y que, por desgracia, les comió el mercado, mientras muchos siguen con la necedad de combatirlo y conservar las antiguas formas.

No es secreto para nadie que las editoriales tambaleamos considerablemente con el cierre de los puntos de venta físicos. Durante varios meses la incertidumbre fue la constante mientras detuvimos la gestión, la producción y la comercialización de nuestros libros. ¿Qué teníamos que hacer?, ¿entregarnos a la desgracia y romper el vínculo que los lectores hicieron con nosotros como marca? Era obvio que no. Tuvimos que llegar adonde las librerías, durante años y años, no llegaron y, en efecto, no ha sido sencillo.

Naturalmente, hemos recibido el reclamo inquisidor por la venta directa de nuestros títulos, porque entre nosotros mismos, internamente, hemos golpeado más a un sector ya de por sí golpeado por agentes externos, lo que ha tenido como consecuencia, entre otras cosas, el triste cierre de librerías (baste ir a la calle de Donceles para confirmarlo). De acuerdo. Ahora que las librerías han vuelto a abrir y que existe un peligro latente de que, por disposición oficial, tengan que volver a cerrar de manera temporal, ¿qué acciones preventivas y a futuro están generando? ¿Ya abrieron sus páginas en redes sociales?, ¿ya negociaron con las editoriales asegurando la venta de los libros y no a la manera de “a ver si pega”?, ¿ya crearon redes de colaboración entre ellas, más allá de la competencia?, ¿ya reestructuraron su modelo de negocio a modo de que dejen de pender de un hilo?, ¿ya capacitaron a sus libreros?, ¿ya saben hacia dónde quieren crecer, de acuerdo con las nuevas necesidades y demandas?, y, sobre todo, ¿ya encontraron la manera de acercarse a la gente para crear una relación de lealtad?

En el mundo editorial, como en cualquier otro negocio, hay que formar consumidores, y ha sido tarea sumamente difícil ahora que la crisis económica amenaza con arrasar con todo en este triste país que nunca pierde la esperanza, sin embargo, hemos aprendido, a fuerza de las circunstancias, a unir fuerzas para sobrevivir; a intercambiar ideas que nos permitan regenerarnos y actualizarnos frente a los cambios impuestos por un orden general; a escuchar y reconocer nuestras fallas, incluso cuando eso significa perder parte de la manera en la que nos concebimos al principio. No ha sido fácil para nadie, pero: librerías, ¡renuévense o mueran!

Hay un miedo genuino a que desaparezcan de la cadena del libro. Un miedo que, de volverse realidad, sería lamentable. Es triste ver que algunos estén esperando milagros caídos del cielo o salidos de los palacios de gobierno. Sabemos que no hay que apelar al protectorado del Estado, al cual, lo ha demostrado incansablemente, no le importamos. Entonces ¿por qué no buscar formas de trabajo y de negocio entre librerías pequeñas e independientes y editoriales pequeñas e independientes a modo de hacer un frente de colaboración que llegue efectivamente a los lectores y que signifique ganancias para todos?, ¿por qué no reestructurar experiencias de lectura que acerquen a la gente a los espacios físicos atractivos de una librería?, ¿por qué no conocer los beneficios de vender mediante plataformas digitales?, ¿por qué no encontrar la manera de garantizar los pagos a las editoriales y a las distribuidoras para que éstas recuperen algo de la confianza en las librerías?, ¿por qué no valerse y jugar con otros elementos sociales (eventos, negocios, etc.) para llamar la atención de las personas a las que les son más ajenas?

¿Las editoriales somos las culpables? Replantéense la pregunta. El libro impreso, el libro objeto, siempre estará en la preferencia de los lectores; siempre será grato acudir a un sitio en el que podamos hojear, oler y elegir de entre una gran variedad de títulos, por eso todos creemos en la importancia de los espacios físicos, creemos en lo fundamental de las librerías, pero si ustedes no atraen a la gente, tendremos que hacerlo nosotros por otros medios, para no romper el objetivo que nos mueve: llegar a las manos de los lectores. No es la lucha de unos contra otros. Ustedes, más que nadie, tienen una batalla que dar y no lo lograrán si siguen considerándonos a las editoriales, a los distribuidores y a Amazon sus enemigos. En esta era digital, de movilidad, de inmediatez, dinámica, multimedia, ¿tú, librería, vas a seguir en las mismas?


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