Dialéctica sobre la productividad de leer en el confinamiento

Por Cisnette

Nos dirigimos a paso firme rumbo al cuarto mes de encierro y aún lidiamos con la sensación de pérdida ante las nuevas normas para con(sobre)vivir, si a ello se le añade la popular idea (por si nos hacía falta más presión social) de que debemos salir de la pandemia con nuevas habilidades o nuevos conocimientos, la “nueva normalidad” se vuelve un calvario. Ante la emergencia, replanteé el concepto de mi profesión para descubrir si sentarse a leer es una manera de ser productivo.

Al resignarme a un nuevo tiempo en medio de cuatro paredes, me sentí inocentemente inspirada para leer, por fin, aquellos libros que adquirí en todas las oportunidades que tuve. Al igual que muchas personas, tengo esa afición de comprar libros y valorarlos como objeto —en el que convergen experiencias e interpretaciones de tiempos pasados o actuales, resultado de la inteligencia colectiva— con la promesa de que, “a la primera oportunidad”, los leeré. Nunca es así.

Fastidiada por la nueva realidad impuesta, revisé el librero que a veces abandono por mi absorbente rutina y, después de pasar por los títulos que compré por moda en mis años de universidad y que nunca más volví a ojear, me pregunté qué debía leer ahora que tenía la libertad de elegir, fuera de las aulas y de las editoriales. Guiada por esa presión de tener que leer más que nunca, y fomentando la actividad del consumo cultural por excelencia, que son los libros, no supe por dónde empezar.

Mi primer debate interno se relacionó con mis motivos para leer en medio de la crisis: ¿necesitaba lecturas críticas o complacientes? Mis elecciones variaban cada día y pronto supe que, además de elegir qué leer, debía decidir cómo hacerlo. Descubrí que mi comodidad ante el formato digital duraba sólo el tiempo que tardaba en leer los encabezados de las noticias en las redes sociales. Como nunca, supe que el mercado respondía a la inmediatez y a la brevedad que, de un tiempo a la fecha, exigimos como lectores. Frente a tal escenario, noté, por otro lado, que las editoriales promocionaron más libros electrónicos. Ese nuevo mercado de ofertas disminuyó mi impulso por comprar más títulos.

Volví a ojear mi librero. Me detengo en un libro de cuentos en cuya portada aparece la foto en blanco y negro de una persona a cuerpo entero que usa una máscara. La combinación de sus ropas es extraña, hay prendas de hombre y de mujer; en ambos casos, descuidadas. Vi el nombre del autor, que me era tan familiar porque desde hace años lo sigo, y ello me bastó para saber que me esperaba algo de mi agrado, sin importar las circunstancias. Abro el libro y comienzo a leerlo por primera vez. Aunque la cantidad de palabras que aparecen en la hoja así como su tamaño    me aturden un poco, logro llegar a la tercera página antes de cerrarlo nuevamente. ¿Qué ha pasado para que 441 páginas de un libro que reconozco por su tamaño, su diseño y su tipografía, cuyas características solía aplaudir, ahora me parezcan insoportables?

Regresa a mi mente la pregunta de mi debate: ¿leer por saber o por distraerse? Es un hecho que mi problema con ese libro no es de diseño ni de formato. Recuerdo un diálogo entre Roger Chartier y Pierre Bourdieu en el que analizaban el ejercicio de lectura, aduciendo que no todos los textos están hechos para ser comprendidos. Claramente, un libro no se agota en sus formas de interpretación, se actualiza a la par del contexto en el que es leído. Las conductas, las ideologías y las relaciones sociales y de sujetos individuales, así como las necesidades lectoras de la época, mantienen la dinámica del texto.

A todo lo anterior debo añadir que, en esta ocasión, la dinámica de la realidad es absolutamente inestable, escenario ideal, dirían algunos, para reinterpretaciones, en las cuales, por cierto, yo no estaba muy cómoda porque eso parecía afectar lo que durante años me había guiado a la hora de comprar libros y, lo que es más, me dejaba la tarea de entender mi contexto para seleccionar los títulos que estarían ad hoc para mí.

Así supe que nunca estaría libre de la influencia de las opiniones ajenas, ya que me preguntaba, para iniciar, cuál era la tendencia de lectura marcada por la pandemia, es decir, qué estaban leyendo los demás y hacia dónde debía dirigir mi atención. A pesar de Chartier y de Bourdieu, buscaba libros para (re)interpretar esto nuevo que vivía. Otro problema.

Pasé los primeros años de escuela apre(he)ndiendo una sola forma de lectura y de interpretación de textos que repetían un discurso sometido al sistema de enseñanza —ahora severamente cuestionado al evidenciarse que no favorece la reflexión ni el autodidactismo y que nos llevó al desastre del ciclo escolar on line—. ¿Cuántos niños y jóvenes no repudian leer por este sistema? Ahora es mi obligación cuestionarme ese método regulado de creencias.

Cada uno de los libros que leí, y aquellos que (aún) aguardan el momento de ser leídos, define parte de mi identidad intelectual, entendida como aquello que ha marcado el rumbo de mis decisiones y de mi ideología, pero que está sumamente influenciado por personas con un registro superior al mío. No obstante, me di cuenta de que,  ahora, como humanidad, estamos a la par, en crisis, sometidos por igual al encierro enloquecedor, por lo que fue necesario preguntarme si nuestro criterio se ha deformado o hay que replantearlo. ¿Hasta dónde afectará el derecho de no inclinarse por las nuevas predilecciones?

La tendencia a la baja en la compra de libros refleja la idea imperante de que leer no es una necesidad esencial y que, tal como yo lo hago con mis lecturas, puede “quedar para después”. Ahora, me preguntaba qué quería leer y cómo responderían las editoriales ante ello.

Sabemos que las preocupaciones modernas del mercado editorial ya no se concentran en la calidad del papel, la optimización de formatos o de márgenes en pro del libro como objeto. Ahora la oferta gira en torno a la masificación (y la banalidad) de contenidos para llegar a un mayor número de lectores, vender más, distribuir por doquier y todo a partir de la reducción de costos en la producción. Con ello, me pregunté hasta dónde eso (el consumo masivo de contenidos) nos había deformado como lectores.

¿Qué esperaba leer ahora para, acaso, disimular la pausa a la que estoy sometida? Mi decisión al tomar aquel libro de cuentos me insinuó que buscaba un escape en la ficción porque ahí puedo mantenerme al margen de las desgracias de otros, sin que ello perturbe tanto mi estabilidad, como lo hace la vida real. Por otro lado, mi propensión de mantenerme informada por medio de mensajes cortos y precisos sobre lo que pasaba fuera de mis cuatro paredes me dejó ver que estaba sometida, inevitablemente, al infortunio de otros.

En ese escenario, pensé también en el trabajo de los autores, quienes, seguramente, están escribiendo con vistas a la oportunidad comercial, rogando por que sus aportes no caigan en el mundo de libros con la misma temática y los vuelva un lugar común. ¿Para qué uso social pospandémico estarán pensando sus textos? Tienen mucho por reflexionar para definir cómo serán recordados sus libros. Como lectores, también hay trabajo que hacer.

Después de salir del aislamiento y tras recuperar algo de nuestra rutina, ¿qué y cómo estaremos leyendo? Sobre todo, ¿cómo eso influenciará nuestros pensamientos, nuestras conductas y nuestras relaciones con el otro?, ¿cuáles serán las nuevas tendencias de interpretación? ¿Qué estamos aprendiendo del encierro?

¿Leer es productivo? A pesar de que Emil Cioran aseguraba que se lee no para aprender sino para olvidar, ya que “uno lee como para emborracharse […] para no tener que vivir la vida real”, en esta época de aparente paralización del tiempo hemos tenido el espacio para cuestionar los criterios, en todo sentido, sobre aquello que nos han dicho que debe ser (ya sea en la ejecución de las conductas, ya sea en el análisis de los hechos) y descubrimos un sinfín de errores culturales que, por desgracia, hemos pagado con vidas (“la ignorancia es felicidad”, aseveraría aquí Cioran). Tal hallazgo lo hicimos mediante la ilación de letras y la comparación de discursos y nos dimos cuenta de que el error, como en los libros, no es de contenido sino de interpretación, la cual practicamos desde niños mediante la lectura.

¿Leer nos hace mejores personas? De ningún modo, pero nos da libertad y contra eso no ha podido ningún virus ni ningún sistema. Sólo debemos preguntarnos de qué lado permaneceremos tras esta serie de eventos desdichados. Cualquiera que sea la decisión, siempre será mejor en compañía de una buena lectura.

Ahora, no puedo esperar a que reinstalen las ferias del libro, esos espacios de intercambio y de descubrimientos incalculables. Ansío ver a la gente reunida comprando realidades alternas impresas en papel, que congregaron a profesionales apasionados de su trabajo. Deseo saber qué temáticas estarán en boga y, por supuesto, anhelo añadir más libros para sumarlos a mi interminable lista de “leer para después”.

A ojear, una vez más, el librero.

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