Sembrar y remover sueños. Cine y poesía

Por Vladimir Villalobos López

Alguien me dijo una vez que hay eventos que nos marcan, que abren zanjas oscuras en el rostro y uno no sabe cómo responder ante ellos. A veces son tragedias con aspecto de personales (familiares, quizá) y en ocasiones remiten a colectividades más amplias. Dudo que alguna sea más importante que la otra, aunque en el segundo caso las secuelas podrían ser más evidentes porque se multiplican. Pero lo que me decía alguien una vez, creo que durante una clase (todavía presencial), era que el trauma debe transformarse en otra cosa, de amenaza en acto creativo, al menos para poder explicarlo, como reconocerse en un espejo, como la catarsis en el teatro.

Evidentemente la pandemia actual influye en estas ideas, pienso en ejemplos y se me ocurren dos: el 26 de septiembre de 2014 con la desaparición forzada de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa por parte del Estado y el 19 de septiembre de 2017 con el terremoto de 7.1 grados en el centro del país. Sin duda, casos como el de Ayotzinapa suceden todos los días en México, aunque en otras proporciones y en contextos diferentes. El “daño colateral” de la guerra contra el narco y los diez feminicidios que se suman día a día son ejemplos rotundos de este trauma que apuesta por volverse normalidad.

De los anteriores, la comparación más cercana podría hacerse con el terremoto de 2017 en tanto que “desastre natural”, aunque ahora como hace tres años las omisiones y la corrupción del Estado es innegable. El movimiento entonces duró 90 segundos, la inmovilidad ahora lleva más de cien días. Las pérdidas se multiplican también y corren el riesgo de volverse cifra y porcentaje diario, punto porcentual a favor de la disponibilidad de camas. Mientras, en la víspera del “retorno a la nueva normalidad” definitivo, me descubro y descubro a los demás con temor a la calle, al otro.

Entonces hay que transformar el trauma en otra cosa, a su debido tiempo, procurando no incurrir en el poema novel oportuno ni en la sopa de ensayos fácil. Melissa Elizondo conoce una manera de hacerlo en casi 30 minutos y comienza con una frase que entonces, y ahora, tenía mucho sentido: “No sabía que iba a ser la última vez que veía todo como era”.

San Gregorio Atlapulco, en Xochimilco, fue una de las colonias de la Ciudad de México más afectadas por el temblor; aquí es donde se desarrolla el documental de Elizondo. Antes de verlo, había escuchado mucho una advertencia: cuidado en el minuto X con tantos segundos, porque suena la alerta sísmica. Y ahí estamos, cuidando el volumen para evitar ñáñaras y evitárselas a los vecinos. Fue una tomada de pelo, debieron aconsejar un rollo de papel a la mano, la reacción a lo cachorro de Pavlov qué.

Remover el corazón, estrenada el año pasado, se centra en la Brigada de Arte Independiente Talimalakatsikinan Naku y en su “Taller mural comunitario de poesía y oralidad”. Este taller apuesta por la sanación a través del acto creativo, por transformar el trauma en un objeto literario que permita el reflejo, como en el caso de una niña que cuenta que no lloró el día del temblor porque su papá no la dejó, porque “no se sabe controlar cuando llora”. Este taller está enfocado en los niños, aunque sus padres y abuelos participan tangencialmente, escuchan, aprenden de sus hijos, porque el conocimiento se alcanza al escuchar al otro, al reconocerlo y reconocerte en él.

Al final, cada niño que participa en el taller habrá escrito un poemario, obra ilustrada que sirve de inspiración y, parcialmente, forma parte de una barda en San Gregorio, el mural comunitario. Son tres las preguntas que disparan la catarsis y la transformación en los niños y sus espectadores (los que asisten a la presentación de los poemas y quienes asistimos a la representación documental).

La primera pregunta es ¿cuáles tres sonidos salvarían si todo el mundo se silenciara? Los niños tienen muchas respuestas, aunque los abuelitos y los pájaros siempre son favoritos, hay quien incluso prefiere, lágrimas de por medio, condenarse al mutismo siempre que esto salve la voz de sus familiares. La segunda pregunta es ¿qué les viene a la mente y qué les toca cuando les dicen “remover el corazón”? Y la respuesta (“el alma”) sirve para que los niños contesten la tercera pregunta: ¿de qué color tienen el alma?: “Yo tengo el alma color morado como mi mamá, que siembra sueños que a veces no la dejan dormir”.

«El poema es la forma escrita de la lluvia», le decía su abuela a una integrante de la brigada que ofrece el taller. Entonces el poema lo moja y refresca todo, emite una melodía con un ritmo particular, disfraza la lágrima y posibilita la siembra… de alguna manera transforma. Así es como Elizondo vuelve al canto de los niños en lluvia, en verso breve que permite al espectador reformularse el terremoto, significarlo de otra manera, reconocerse en el alma de algún color, en los sueños morados o en el corazón removido.

Remover el corazón apuesta por la creación poética como sanación y al mismo tiempo demuestra que hay otras maneras de concebir tanto la creación literaria como su lectura. La primera por medio de la escucha, incluso ante niños que no saben escribir; la segunda a través de la mirada y el oído, con el mural en San Gregorio y con el cortometraje mismo. Quizás es posible aprender, leer y compartir de otra manera; la posible nueva normalidad pinta mejor sin la violencia normalizada, que salve vidas y nos cure.

Mientras piensas en la respuesta a las tres preguntas, te dejo aquí el tráiler de la película (ojo, también se escucha la alerta sísmica durante un par de segundos).


Vocabulario

Sublimar

1. Método de estampado por medio de calor.

2. Pasar de gaseoso a sólido, y también viceversa, sin escalas.

3. Transformar pulsiones.

4. Prepararse para el poema. “Al escucharlos llovieron las zanjas oscuras.”


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